Hace doce años, en Septiembre de 1998, en un pueblo no muy grande, comenzaban las clases para muchos niños y niñas de 2 o 3 años de edad, como todos los cursos. Unos altos, otros bajos, unos gorditos, otros delgados, unos rubios, unos morenos...
Sinceramente, ninguno de ellos recuerda muy bien esa fecha, pero esto fue lo que les marcó el comienzo de su futuro. Empezaron a aprender, imaginaban mundos irreales, jugaban, reían... Todos juntos crearon una amistad infinita pero, ya sabemos que las personas tienen más afín con unas que con otras, y esto también pasa desde que somos pequeños.
Lo mejor de todo, es que muchas de ellas aún recordamos esos momentos con las mismas personas, los amigos de la infancia, que siguen ahí, a tu lado, para todo lo que haga falta y en cualquier momento.
Haga sol o truene, siempre he encontrado esa sonrisa y ojos peculiares a mi lado, esos rizos color chocolate brincando de un lado a otro, de arriba a bajo, como unos muelles juguetones. Y es que me sorprende que después de tantos años, ella siga ahí. Su madurez y al mismo tiempo su inocencia, su ignorancia y su sabiduría, tanto su sonrisa como sus lagrimas, bien cuando está cerca como cuando no lo está, por mucho que pase el tiempo siempre hemos conservado la amistad, algo que significa muchísimo para mi y para nada querría yo perder.
Ella es quien me ha apoyado, ayudado, valorado, querido... Quien ha sabido controlarme, aconsejarme. Ella es la que ha pasado toda una vida junto a mi aún con mis defectos. Y por muy diferente que parezcamos ser, no creo que lo seamos tanto.
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